Los indignados.Por Víctor Manuel Domínguez


Víctor Manuel Domíguez García


Los indignados.
Por Víctor Manuel Domínguez
Los cubanos hemos demostrado ser más civilizados que otros pueblos de la culta Europa. Mientras españoles, griegos e ingleses se lanzan indignados a las calles en reclamo de que sus gobiernos hagan cambios que mejoren sus vidas y la situación de sus países, acá la gente se contiene.
Las marchas exigiendo el cese de la corrupción, los despidos y otras leyes que afectan a la ciudadanía, aquí no suceden. Cuando más, la ira es expresada con un infarto al corazón, una patada al perro, y tres cintarazos al niño por pedir un peso para la merienda.
También suele ocurrir que si no puede controlar la indignación que causa el alto costo de la vida, el desempleo y la falta de viviendas, el cubano acuse al vendedor de pepinos de canalla, maldiga al administrador del centro laboral, y cuente hasta diez continuamente mientras espera -durante veinticinco años- para que le resuelvan el problema de la casa.
Reclamos al gobierno no. Si alguien quiere criticar al Estado lo hace desde la cocina o el comedor del hogar. Si es tanto el descontento con la situación que ya no puede más, tira la ficha de dominó contra la mesa y murmura indignado: esto no hay quien lo aguante.
Y esto no sólo pasa con los que dicen ser revolucionarios hasta que pueden abandonar el país, pierden el empleo en una empresa mixta, o van a la cárcel por corrupción. También con quienes no tienen nada que perder, porque nunca han ganado.
Si antes nos indignábamos sólo cuando no reuníamos los requisitos exigidos para ganar el derecho a comprar una lavadora Aurika, un reloj Poljov, un ventilador Órbita, o una bicicleta china Forever en las asambleas de méritos y deméritos de su centro de trabajo, ahora menos que nunca.
La razón es simple. Miles de los que se decían “comecandelas” hoy no tienen trabajo. Es decir, nada que reclamar, excepto una licencia de “empresario” para vender torticas de Morón en la ventana de su casa, una rebaja en los impuestos, o un crédito para terminar el cuarto que les arrancó de cuajo el ciclón Lily en los años 90.
En cuanto a reclamaciones a las autoridades, no existen, es como si no tuviéramos problemas, como si todo estuviera resuelto. No hace falta nada. El ajetreo que cruza la nación no implica ningún cambio sustancial. Es sólo para sobrevivir. La inyección de nuevas esperanzas está vencida y no da para más.
Pero cuidado, los cubanos también tenemos nuestro modo de indignarnos. Aunque hayamos demostrado ser cultos y disciplinados a la hora de protestar, cuando de verdad nos indignamos hasta el sofoco, nos llenamos de coraje y nos montamos en balsas para cruzar el Estrecho de la Florida.
Tomado de Cubanet.Org 22 agosto 2011

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Acerca de miguelgalban

Periodista independiente expreso político cubano Primavera Negra
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